Tres poemas: Luna nueva. Un rastro en llamas. Una piedra.
Luna nueva
La oscuridad espera aparte desde cualquier ocasión que surja;
como la pena, siempre está disponible.
Ésta es sólo un modelo,
el modelo en el que hay estrellas
sobre las hojas, brillantes como clavos de acero
e incontables y sin que se las haga caso.
Caminamos juntos
sobre hojas muertas
húmedas en la luna nueva
entre las rocas nocturnas amenazadoras
que serían de un gris rosado
a la luz del día, roídas y suavizadas
por el musgo y los helechos, que serían verdes
en el olor mohoso a levadura fresca
de árboles que enraízan, la tierra devuelve
lo mismo a lo mismo,
y cojo tu mano, que tiene el aspecto que tendría
una mano si de veras existieras.
Deseo mostrarte la oscuridad
que tanto temes.
Confía en mí. Esta oscuridad
es un lugar al que puedes entrar y sentirte
tan seguro como en cualquier otra parte;
puedes poner un pie delante del otro
y creer a los lados de tus ojos.
Memorízalo. Lo sabrás
de nuevo cuando te corresponda.
Cuando la apariencia de las cosas te haya abandonado,
todavía tendrás esta oscuridad.
Algo propio que puedes llevar contigo.
Hemos llegado al borde:
el lago entrega su silencio;
en la noche exterior hay un búho
cantando, como una polilla
en la oreja, desde la costa lejana
que es invisible.
El lago, vasto y sin dimensiones,
repite todo, las estrellas,
las piedras, a sí mismo, incluso la oscuridad
en la que puedes caminar
hasta que se convierta en luz
Un rastro en llamas
(I)
Fue el dolor de los árboles
lo que hizo este rastro,
la carne cortada fluida de ellos sólo
parcialmente sólida.
Son sus cicatrices lo que marca el camino
vamos al lugar donde
el paisaje se ha acabado
y no hay más allá.
(II)
Arder es también quemarse.
Todos los senderos por este bosque
que se quema, abiertos delante de ti y cerrados
por detrás hasta que los pierdes.
Éste es el bosque de lo perdido:
piedras abandonadas. Madrigueras.
Raíces atadas a las rocas.
Un sapo en este aura
fresco; una estrella de tierra, extendida
y de cuero, emite polvo.
Ninguna de estas cosas sabe que está perdida.
(III)
Hemos venido por una puerta de sol, roja y otoñal,
otro entierro. Aunque no es otoño, el viento tiene ese frescor.
El viento ligero de una puerta que se cierra.
El último resquicio del cuarto menguante.
(IV)
Escojo mi camino despacio
contigo a través del bosque en llamas,
cicatriz a cicatriz, otra vez por
la historia, sigo las normas:
Para recuperar lo que has perdido,
vuelve a tus pasos al momento
en que lo perdiste. Estará allí.
Aquí está la X, a tiempo.
Cuando al final esté sola,
mi sombra y mi propio nombre
volverán a mí.
(V)
Me arrodillo y cavo con la hoja de mi cuchillo
en la tierra y no encuentro nada.
He olvidado qué escondí aquí.
Debe de ser el cuerpo de aire claro
que dejé aquí cuidadosamente bajo tierra
y pensé que siempre podría
volver y habitar.
Creí que podría vivir sólo conmigo misma.
Creí que podría flotar.
Creí que siempre tendría una oportunidad.
Ahora estoy de vuelta a la tierra.
Una encarnación.
(VI)
Éste es el último paseo
que doy contigo en tu ausencia.
Tu piel se extiende por donde toco,
luego desaparece y la madera solidifica
alrededor tuyo. Estamos en esta situación.
Cuánto te quiero.
Me gustaría ser sabia y prudente.
Te haría eterno.
Te devolvería de la muerte si pudiera,
pero ¿dónde estarías sin ella?
Podemos vivir para siempre,
pero sólo de vez en cuando.
(VII)
Ahora hemos alcanzado el punto rocoso
de la costa, y el cielo oscurece,
aunque el agua todavía tiene luz
y la ofrece en forma de vapor
o de fuego. Espero, escucho ese
lugar donde debería haber un sonido
y no lo hay,
que no es mi corazón
ni el tuyo, que es más oscuro
y más solitario,
que llega. Que es el sonido
que hace la tierra por sí sola,
sin nosotros. Una piedra hace el eco de una piedra.
Los pinos se apresuran sin moverse.
Una piedra
En la mesa de madera la llama
de la lámpara arde hacia arriba sin sonido
y así avisa a las almas más pequeñas
desde donde han estado escondidas por el día
en tocones que se pudren y en la corteza que se desprende
de los árboles
y chocan suavemente contra la ventana,
sus vientres de plumas lamen el cristal.
Una gaviota eriza el aire de la noche
con su canto de plata limpia,
una tristeza ligera,
y quien ha estado siempre allí
sale de las sombras.
¿Has tenido bastante felicidad? dice ella.
¿Has visto
suficiente dolor? ¿Suficiente
crueldad? ¿Has tenido bastante
de lo que hay? Llega
hasta aquí.
¿Estás ahora preparada para mí?
Madre oscura, a quien he llevado conmigo
durante años, una piedra en el bolsillo,
conozco la fuerza de la gravedad
y que cada cosa tiende a caer
contra su voluntad.
Nunca te negaré
o creeré sólo
en ti. Vuelve a tu piedra
ahora. Espérame.
La escritora canadiense Margaret Atwood ha sido galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008.